Lafayette: en el corazón de los bayous

El sur de la Louisiana es el país de los bayous. Es así que se llaman allá los ríos y arroyos, que completan el laberinto de aguas formado por los swamps -pantanos y humedales- entre el cauce del Misisipi y el Golfo de México. La mayor ciudad de la región es Lafayette y ostenta dos títulos. El primero es el de Capital de la Acadiana, la región de los cajuns cuya cultura se volvió muy popular en América del Norte a partir de los años 1960/70. El segundo es el de Ciudad más Feliz de los Estados Unidos, gracias al sonido alegre de su música, un extensísimo calendario festivo y una incomparable gastronomía.

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Le bon temps rouler

A lo largo de las anchas avenidas quedan todavía algunas casas de madera como las que construyeron los primeros colonos de la zona, cuando llegaron luego de ser deportados por los ingleses a mediados del siglo XVIII. En el sur de los Estados Unidos, a esta gente los llamaron cajuns, una deformación de acadiens o cadiens, porque provenían de la Acadia (en el actual este de Canadá). Vivieron en autarcía, aislados por los bayous, el mar y el Misisipi, durante generaciones.

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Cipreses calvos: omnipresentes en los bayous y los pantanos de la Luisiana.

Por esto conservaron su lengua -un francés del siglo XVI-, sus costumbres, sus creencias y sobre todo su cocina. Hasta mediados del siglo XX formaban una de las clases sociales más pobres y despreciadas del sur hasta que su cultura empezó a ser revindicada en la década del 1960 gracias a la música y la cocina. Sus diferencias se convirtieron en muy poco tiempo en atractivos y empez{o a generarse un gran movimiento turístico interno y luego internacional. En la actualidad los principales contingentes internacionales vienen de Francia, Alemania, Australia, Canadá pero también de México e Inglaterra.

Personajes de la Vieille France en el pueblo-museo de Vermilionville.

Para entender lo que es la Acadiana la visita de Lafayette puede empezar con el predio de Vermilionville. Se trata de un pueblo-museo al aire libre, a orillas del bayou Vermilion. Se desplazaron algunas casas históricas de colonos en las cuales se recrea la vida diaria tal como era a orillas de los bayous hasta el siglo XIX. Artesanos en trajes de época animan cada una: aquí un herrero, allá una hilandera. También hay un salón con una orquesta de música cajun y zydéco todos los fines de semana y se viene desde Texas para bailar en pareja al son del instrumento más emblemático, el acordeón. Laisse le bon temps rouler, let’s the good times roll, como dice la expresión más popular de la ciudad, reproducida hasta en los carteles de los restaurantes.

Jambalaya on the bayou

Además de la música, presente desde varias estaciones de radio locales hasta festivales a lo largo de todo el año en la ciudad y sus alrededores, el otro gran motivo para conocer Lafayette es su gastronomía. Se estima que tiene la mayor cantidad de restaurantes por cabeza en los Estados Unidos. La elección varía desde los pequeños locales al paso de écrevisse o crawfish (en español cangrejos de río) hasta bares temáticos y un food tour que arma una verdadera cena de varios pasos en distintos locales. Los cangrejos se han convertido en uno de los símbolos de la comida cajun, junto con los condimentos, el gumbo (ragú especiados de carne o crustáceos), el boudin (una variante de salchicha que se come tibio), el cracklin (carne de puerco seca con un trozo de piel) o el jambalaya (arroz con pollo o carne y mariscos, siempre con muchas especies).

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Muchos de estos platos aparecen en el tema de Hank Williams “Jambalaya on the bayou”, una de las canciones que hicieron mucho para la puesta en valor de esta cultura en los años 1950. Se viene ahora a Lafayette desde toda América del Norte y mucho más lejos para descubrirla. El van del Cajun Food Tour recorre todos los días varias veces la ciudad llevando a sus pasajeros en un menú degustación que se declina en seis pasos entre una treintena de restaurantes distintos (así se puede repetir varias veces la experiencia). Su creadora es Marie y cuando se le pregunta por su plato favorito responde en un francés americanizado, sin pensarlo, “des écrevisses!”. En cuanto a su lugar favorito es el Blue Dog Café, una institución la ciudad, donde se elabora una cuisine cadienne de autor en salones adornados con la mayor colección de cuadros del perrito azul del pintor George Rodrigue, un emblema más de la cultura local. IMG_7996

Perros azules sobre las paredes del Blue Dog Café. 

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Steve Riley, uno de los principales músicos cajuns actuales, con su acordeón, durante un festival. 

Stowe: un poco de Austria, mucho de Vermont

La historia de la familia von Trapp fue popularizada en el mundo entero gracias a la multipremiada comedia musical “The Sound of Music” (conocida como La novicia rebelde, en varios países de América Latina). Luego de huir de su país anexado por la Alemania nazi de Hitler, los von Trapp se instalaron en el estado de Vermont, cuyas montañas les recordaban los Alpes que habían tenido que abandonar.

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En la entrada de la propiedad de la familia, manejada hoy por los descendientes de los niños que crearon el coro e inspiraron los personajes de la película, un cartel invita a pasar es este lugar que es “un poco de Austria y mucho de Vermont”.

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Stowe es hoy día un importante centro de esquí y uno de los más antiguos en la cadena de los Apalaches. De hecho se presenta como la “Ski Capital of the East”.

Junto a la nieve y la naturaleza, la mayor atracción local es el complejo hotelero de los descendientes de la famosa familia de niños cantores. El Trapp Family Lodge es un gran hotel cuyo edificio recuerda las construcciones tirolesas. Está a cargo de uno de los descendientes del Capitán y María von Trapp. En las afueras del edificio, el cementerio familiar es visitado por los incondicionales de la película de la Novicia Rebelde que quieren visitar las tumbas de María y de varios de los chicos.

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Caminando por los senderos de la propiedad o por los bosques de la región, un par de notas se pegan al oído y una vocecita empieza a cantar:

“Doe, a deer, a female deer
Ray, a drop of golden sun…”

Los von Trapp no son la única atracción local junto a la nieve. La comida es otra -muy- buena razón para visitar esta región en el corazón del Vermont. Stowe es una de las mejores “Ski town for foodies” del mundo, junto a Courchevel en Francia, Vail en el Colorado, Cortina d’Ampezzo en Italia y Zermatt en Suiza.

Es cierto que se come muy bien y hay un restaurante para cada 100 vecinos (más precisamente unos 40 para poco más de 4.000 habitantes).  Además está muy cerca de Burlington, la pequeña ciudad donde nació la compañía de helados Ben & Jerry’s.

¿Qué se puede hacer en Stowe?

En esta época del año y durante todo el invierno boreal, la nieve y los deportes de invierno son las principales motivaciones de quienes visitan Stowe.

El resto del año: mountain-bike en Cady Hill Forest, caminatas  y ascensión del Monte Mansfield (al que se llega también en teleférico), tirolesa, arborismo y muchas otras actividades al aire libre.

En otoño la región se destaca por los colores de sus bosques:Stowe

Degustación de cervezas artesanales en el lodge de la familia von Trapp y varias otras productoras como The Alchemist.

El pueblo organiza varios eventos y festivales durante el año, especialmente los de música y gastronomía que se realizan en el complejo de los von Trapp.

Los colores del otoño en Vermont

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En el sur del estado del Vermont, los pueblitos conservan el alma verdadera de la Nueva Inglaterra. Es una región que inspiró tanto al novelista John Irving como al pintor Norman Rockwell. En esta época del año sus bosques se colorean con todas las tonalidades del foliage otoñal.

Nadie quiere perderse el espectáculo y durante un par de fines de semana, el mismo ritual se repite en octubre. Se forman largas procesiones de autos desde las grandes ciudades, Nueva York y Boston. Los citadinos vienen ver los colores del otoño en los bosques del Vermont.
Las colinas y los valles se tiñen de rojos, amarillos, naranjas, ocres, marrones y rojizos. Son los colores del “verano indio”, el último coletazo del reino vegetal antes del largo y riguroso invierno de América del Norte. En inglés, esta sinfonía de matices otoñales se conoce como el foliage y algo semejante a lo que ocurre en abril y mayo en los bosques del sur de la Patagonia y de Tierra del Fuego.

Los visitantes aprovechan la visita para comprar manzanas y calabazas (Halloween está cerca) en las granjas al borde de las rutas. Hay todo un calendario de visitas en Vermont cada otoño para aprovechar mejor la temporada de colores y es entonces cuando varios pueblos organizan festejos.

La Green Mountain National Forest está en el sudoeste del Vermont y se extiende hasta la frontera de este estado con Massachusetts. En este Parque Nacional de 1.600 km2 el foliage es una atracción asegurada cada otoño. Tres senderos de trekking permiten recorrerlo y avistar la fauna local: castores, osos y alces entre otros, además de muchas especies de aves.

Uno de los tres está dedicado al poeta Robert Frost, cuya tumba forma parte del circuito, en el cementerio del pueblo histórico de Bennington. Las montañas del Vermont fueron una fuente de inspiración para Frost, que abandonó muy temprano su California natal para instalarse en Nueva Inglaterra e inspirarse en la vida rural y los valores tradicionales de la región.

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El cementerio de Bennington.

Su obra cosechó cuatro premios Pulitzer y ganó sobre todo un lugar especial en las letras de lengua inglesa. Frost fue sepultado en el cementerio de la Old First Church. Su tumba lleva el epitafio que él mismo eligio: “I had a lover’s quarrel with the World” (tuve una pelea de amante con el mundo).

Al lado de su tumba, varias otras llevan una bandera para indicar que quien yace allí luchó en una guerra: algunos de ellos eran Green Mountain Boys que batallaron para la independencia de los Estados Unidos y otros fueron veteranos de la Guerra Civil del siglo XIX.

Bennington tuvo un papel destacado en la historia de los primeros años de Estados Unidos. En 1777 los patriotas derrotaron a un ejército inglés y consolidaron la independencia de su flamante estado. En memoria a su victoria, se levantó un obelisco de piedra de casi 100 metros de altura sobre una colina.

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Además de Frost las otras figuras locales fueron Hiram Bingham I, el abuelo de quien descubrió el sitio de Machu Picchu en 1911; y Anna Marie Robertson Moses, que pasó a la historia como Grandma Moses, una campesina que se convirtió en pintora folk a los 70 años. Su obra sigue siendo reproducida hoy todavía en tarjetas Hallmark.

Como una obra de Norman Rockwell
En la localidad vecina de Stockbridge, encontramos a otro artista emblemático de Estados Unidos. Se trata de Norman Rockwell, cuya casa fue transformada en museo. Se encuentra entre Springfield y Albany, en el oeste de Massachussets. Allí pintó muchas de las obras que se publicaron por años en la tapa del Saturday Evening Post. Rockwell retrató hasta su muerte en 1978 la concreción cotidiana del sueño americano. También realizó obras polémicas como “The problem we all live with”, inspirada por Ruby Bridges (una niñita negra que fue tuvo que llegar con guardaespaldas a la escuela de blancos en la cual fue inscripta, apenas terminada la segregación). Es una de las muchas obras que se pueden ver en la casa museo. IMG_9966

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El día en que nació Hollywood

No hay lugar más glamoroso en el mundo que ese suburbio de Los Angeles. Sin embargo, habría que preguntarse primero cómo sería todo sin Carl Leammle.

Aunque muy pocos se acuerdan de él cuando caminen por el Hollywood Boulevard, nada sería lo mismo sin este aventurero alemán que llegó a California en la primera década del siglo XX.

En aquellos tiempos, el valle de San Fernando era un rincón más del desierto californiano, aplastado por el sol la mayor parte del año. Ayer como hoy, las escasas aguas apenas alcanzar para hacer brotar cactus y yucas. Había que tener mucha imaginación entonces para pensar que aquel lugar sería un día uno de los más famosos del planeta.

Cómo nació Universal

Hace más de un siglo, las luces del mundo brillaban entonces en París, en Londres, en Nueva York y en Buenos Aires. California era todavía una rugosa región rugosa apenas curada de  la fiebre del oro. Y las viejas misiones jesuíticas españolas no habían engendrado aún las megalópolis tentaculares de San Diego, Los Angeles y San Francisco.

Carl Leammle compró en 1915 a buen precio un criadero de pollos y levantó un galpón para filmar películas. Hacía ya varios años que se había convertido en uno de los primeros productores de películas en los Estados Unidos -su nuevo país de adopción: había emigrado en 1884 como muchos otros judíos alemanes.

En aquellos tiempos el cine no generaba los ingresos de hoy, de modo que para ganar algunos dólares más organizaba visitas guiadas por sus instalaciones. Con el tiempo las fusiones, las compras y los cambios de nombre transformaron su  empresa en los estudios Universal. El cine se estaba convirtiendo en una potente industria, pero algo no cambiada: siempre se podían visitar los estudios.

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Letras de 15 metros

Hollywood no sería lo que es sin Leammle. Pero tampoco lo sería sin la familia Wilcox. Fueron los primeros granjeros de las colinas del norte de la ciudad de Los Angeles, en un lugar que era conocido entonces como Bosque de Acebos.

Horace y Daeida Wilcox se instalaron en 1886 y fueron imitados pronto por varias familias más. En 1887, el lugar ya contaba con una primera calle, que fue bautizada Prospect Avenue. Es el embrión del famoso Hollywood Boulevard de hoy. En otras palabras, la avenida donde se “camina” sobre las estrellas. Junto a Sunset Boulevard es el epicentro de todo lo que hay para ver y conocer en Hollywood: los edificios más emblemáticos, las salas de espectáculos, las tiendas y los museos.

Roma no se hizo en un solo día. Y tampoco Hollywood. En 1900 era un pueblito que vivía en torno a su mercadito. No tenía todavía ni su nombre ni su cartel.

En 1923 la industria del cine por entonces ya estaba en pleno auge, los estudios hacían vivir siempre más familias que necesitaban alojarse en los alrededores. El promotor Harvey Lee tuvo la idea de lotear un terreno sobre una colina, y para promoverlo, hizo levantar un cartel que decía Hollywoodland, iluminado de noche por 4.000 lámparas.

Originalmente, el letrero iba a ser desmontado al cabo de un año, el tiempo suficiente para amortiguar los US$ 21.000 dólares de la instalación. Cada letra medía 15 metros de alto y 9 de ancho, y podían ser vistas desde todo el valle.

El tiempo pasó, el cartel no fue desmontado y se convirtió en el icono del valle de los estudios de cine. En 1949 estaba en muy mal estado y fue reparado, aunque se le quitó parte de las letras y quedó en Hollywood.

Hoy día, es uno de los lugares más fotografiado de California, junto al puente del Golden Gate en San Francisco. Pero es como las estrellas de cine: se lo puede ver y fotografiar, pero no es posible acercarse…